Durante todo el año codiciamos las vacaciones como la panacea a todos nuestros males. Pero llegado el momento, se nos plantean dudas acerca de cómo enfrentarnos a ellas, para sacarles el mayor partido posible, para tener la certeza de que hicimos algo digno con todo ese tiempo disponible.
Es sencillo sacar el mejor partido del tiempo libre cuando se nos presenta en dosis pequeñas, pero cuando se nos ofrece en tales cantidades, nuestras ambiciones crecen, y con frecuencia nos vemos defraudados por nosotros mismos.
El concepto tradicional de ocio se vinculaba al de producción, y el descanso marcaba el tiempo necesario para reponer fuerzas, para continuar trabajando. Actualmente no sólo se trabaja para satisfacer las necesidades básicas (vivienda, alimento, salud, vestimenta, educación), sino para poder obtener tiempo libre que nos permita el esparcimiento, lo lúdico, salidas de fin de semana, viajes, adquirir una vivienda, comprar libros, asistir al cine, teatro, conciertos, y otros espectáculos, concurrir a bares, restoranes, etc.
Este tiempo libre puede entenderse como la oportunidad de mimarnos, curarnos en salud, de reivindicación del desfrute recreativo como prevención del estrés, la insatisfacción, y otros males que acucian al hombre moderno.
Diversión y salud:
Divertirse sanamente es un antídoto contra las enfermedades. El aprovechamiento del ocio combate las preocupaciones, ansiedades, obsesiones, ahuyenta la depresión, y otros males que perjudican el equilibrio emocional.
Un secreto para disfrutar plenamente el ocio, es la actitud interior, de posicionarnos en nuestro real modo de ser, de librarnos de presiones exteriores. Es un modo de espantar el aburrimiento y desterrar el vacío interior, que se experimenta cuando no existe una meta en la vida, cuando se abandonan las actividades para instalarse resignadamente en la pasividad.
No podemos permitir que el trabajo se convierta en la meta de nuestra vida. El trabajo es una herramienta para conseguir lo que deseamos o necesitamos para una vida digna, y poseemos la capacidad de realizar infinidad de actividades que nos satisfagan, alegren enriquezcan, al margen de lo laboral.
Existe el temor de que nos encaminemos hacia una “civilización del ocio”, como consecuencia del avance tecnológico, el desempleo, o los horarios reducidos de trabajo.
Según los expertos en gestión del tiempo de ocio, es necesario crear alternativas para que los trabajadores no se aburran, o depriman, y terminen por desquitar en los demás su agresividad. Esto lleva a la creación de aulas de cultura, polideportivos, bibliotecas, deporte-aventura, espectáculos, diversidad de cursos de formación. No obstante, esta oferta no constituye una solución en sí misma, sino que lo fundamental es tener la voluntad de hacer cosas.
Los niños no necesitan juguetes costosos para divertirse, cualquier objeto circundante, con un poco de imaginación, libertad y las ganas naturales que ellos tienen, bastan para dejar volar su capacidad lúdica.
La creatividad:
Para que la diversión se concrete lo imprescindible es la creatividad. Cualquier actividad: pintar, fotografiar, bailar, pasear, dibujar, lectura, deportes, música, manualidades, etc., de acuerdo a los propios gustos y posibilidades, sirve para lograr nuestra meta.
Debemos reflexionar sobre lo que más nos llena, o hace felices, para encarar el sentido lúdico de la vida, que por otra parte está muy arraigado en el ser humano. El juego permite liberar ansiedades, reír, éstas son las mejores válvulas de escape. Está comprobado que las personas que ríen y juegan frecuentemente, requieren menos frecuentemente de la asistencia psiquiátrica y psicológica.
El egoísmo bien entendido:
En general sentimos que el tiempo vuela y no pudimos aprovecharlo. Por tanto, ante esa finitud temporal, nos establecemos un régimen de prioridades de las obligaciones diarias, donde el ocio y los amigos quedan para el fin de semana en el mejor de los casos.
Aceptamos las obligaciones, incluso aceptamos buscar la felicidad de los demás, pero no consentimos en buscar la nuestra. Ésta debe procurarse también, pues si nos sentimos huecos, frustrados, enojados, trasladaremos estos sentimientos a los demás. Esto no significa una carrera hedonista, sino aprender a darnos los pequeños gustos, a tomar conciencia de las pequeñas buenas cosas que nuestra vida tiene y a disfrutar de ellas. Es entonces que podemos gozar de un espíritu constructivo que nos beneficiará a nosotros y también a los que nos rodean.